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Tibú se queda sin estaciones de servicio por crisis de orden público
Tibú se queda sin estaciones de servicio por crisis de orden público

Tibú se queda sin estaciones de servicio por crisis de orden público

La crisis en el Catatumbo suma un nuevo capítulo, y esta vez no se mide en cifras de combates ni en reportes de desplazamiento, sino en algo más cotidiano y alarmante: surtidores vacíos. Desde este 29 de abril, varias estaciones de servicio en Tibú suspendieron sus operaciones tras una serie de amenazas y presiones ilegales que evidencian, una vez más, el control que ejercen actores armados en la región.

Lo ocurrido no responde a fallas técnicas ni a problemas de abastecimiento. Es, en esencia, el reflejo de un fenómeno más profundo: la extorsión como mecanismo de dominio territorial. Comerciantes del combustible, enfrentados a riesgos directos contra su vida, optaron por cerrar antes que convertirse en otra cifra de la violencia. La decisión, aunque comprensible, deja en evidencia la fragilidad de las garantías de seguridad en esta zona del país.

El impacto no tardó en sentirse. Transportadores, campesinos y pequeños comerciantes quienes dependen del combustible para sostener su actividad diaria quedan atrapados en una parálisis forzada. En una región como el Catatumbo, históricamente golpeada por el conflicto armado y las economías ilegales, la falta de gasolina no es un asunto menor: es un golpe directo a la ya debilitada economía local.

Más allá del cierre puntual, lo que preocupa es el efecto dominó. Si la situación se prolonga, el desabastecimiento podría afectar la distribución de alimentos, el transporte de insumos básicos y el acceso a servicios esenciales. En otras palabras, una medida tomada para proteger vidas podría terminar profundizando la crisis humanitaria en una región que no ha logrado salir del círculo de violencia.

El episodio deja una pregunta incómoda sobre la mesa: ¿quién gobierna realmente en el Catatumbo? Mientras las instituciones intentan responder, en el territorio la realidad parece imponerse con crudeza. Por ahora, el mensaje es claro y preocupante: el miedo volvió a cerrar negocios, y en el Catatumbo, una vez más, la vida cotidiana queda suspendida entre la incertidumbre y la violencia.

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