En Colombia, donde el poder muchas veces se ejerce desde la distancia, el autoritarismo o el privilegio, el Jueves Santo nos plantea una pregunta urgente: ¿y si el verdadero liderazgo estuviera en la humildad?
La imagen de Jesús arrodillado lavando los pies de sus discípulos no es una escena de debilidad, es una lección de fortaleza moral. Él, el maestro, el guía, el referente, no se impone: acompaña, toca, se agacha, sirve. Un gesto tan sencillo como radical. En tiempos de arrogancia política, desigualdad y desconfianza, ese gesto cobra un nuevo significado.
Liderar no es mandar. No es acumular títulos, ni posar en tarimas. Liderar, como nos lo recuerda el Jueves Santo, es hacerse cercano. Es entender que la autoridad verdadera nace del servicio. De poner el bien común por encima del beneficio personal.
Colombia necesita con urgencia líderes que no teman arremangarse, que escuchen más de lo que hablan, que construyan puentes en lugar de trincheras. Servir no es resignarse: es transformar desde abajo. La reconciliación nacional, tan postergada, no llegará por decreto. Comenzará con gestos humildes, cotidianos, humanos.
Este Jueves Santo, ojalá dejemos de buscar líderes fuertes en el sentido tradicional, y empecemos a valorar a quienes lideran con empatía, entrega y cercanía. Servir es el nuevo poder. Y ese es el liderazgo que Colombia necesita.
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