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¿Escuelas o campos minados? La infancia en riesgo en Norte de Santander
¿Escuelas o campos minados? La infancia en riesgo en Norte de Santander

¿Escuelas o campos minados? La infancia en riesgo en Norte de Santander

En Colombia, ir a estudiar puede convertirse en una actividad de alto riesgo. En los últimos tres años, 647 eventos relacionados con minas antipersonal o sospechas de explosivos se han registrado cerca de instituciones educativas. Norte de Santander aparece entre los tres departamentos más afectados, con 104 casos, en un ranking que ningún territorio debería encabezar.

Detrás de estas cifras hay un panorama alarmante y, a la vez, una deuda histórica del Estado: proteger la vida y la educación de niños y niñas en zonas de conflicto. Mientras se insiste en que las escuelas deben ser “territorios de paz”, muchas de ellas están rodeadas de muerte silenciosa, ubicada incluso a menos de 500 metros de los planteles.

Las consecuencias son devastadoras: suspensión de clases, confinamientos, desplazamientos forzados y un impacto emocional incalculable en una niñez que ya carga el peso de crecer en medio de la guerra. En regiones como El Catatumbo, el retorno a la presencialidad se enfrenta al terror de un artefacto enterrado a pocos pasos del salón.

Aunque el Ministerio de Educación, junto a UNICEF y la Consejería Comisionada de Paz, ha puesto en marcha la estrategia ERAE (Educación en el Riesgo de Artefactos Explosivos), la pregunta es inevitable: ¿por qué han tenido que pasar más de 12.600 víctimas desde 1990 para actuar con contundencia?

El discurso oficial habla de pedagogía, prevención y resiliencia, pero la realidad exige algo más que talleres y cartillas. Requiere presencia estatal efectiva, desminado real y garantías para que los niños aprendan sin miedo a morir. Lo demás formación docente y campañas de sensibilización, aunque valioso, llega tarde y a cuentagotas.

“Las escuelas deben ser espacios libres de violencia”, se repite desde los escritorios del Gobierno. Sin embargo, mientras sigan apareciendo minas en los caminos escolares, esa frase no será más que un eslogan vacío.

En Colombia, la infancia no debería tener que elegir entre estudiar y sobrevivir. Pero en Norte de Santander, esa es una decisión diaria. ¿Hasta cuándo?

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