Cada año, el Viernes Santo nos invita al silencio, a la reflexión, a mirar la cruz con humildad. Pero en Colombia, esa cruz no está vacía ni pertenece solo al pasado. El grito de Jesús “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” resuena aún en el llanto de nuestras víctimas: los niños que mueren por desnutrición en regiones olvidadas, los líderes sociales silenciados por la violencia, los desaparecidos cuya ausencia es un duelo sin fin.
Este no puede ser un día de ritual vacío ni de fe cómoda. El Viernes Santo en Colombia es memoria activa. Es un llamado a abrir los ojos y los oídos al sufrimiento cotidiano que muchos prefieren ignorar. Cada cruz olvidada es un acto de indiferencia. Cada clamor ignorado, una nueva herida en el cuerpo colectivo del país.
No basta con mirar la cruz. Este día nos exige una empatía que transforme. Nos obliga a preguntarnos qué estamos haciendo para aliviar el dolor del otro, para evitar que la injusticia siga teniendo la última palabra. Porque el sufrimiento de uno es responsabilidad de todos. Y porque el amor verdadero no es solo sentimiento: es acción, es compromiso, es ponerse en el lugar del crucificado y no apartar la mirada.
Colombia está crucificada. Pero también está en nuestras manos bajar ese cuerpo del madero y sanar sus heridas. Que este Viernes Santo no pase en vano.
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